El
género narrativo, además de la tradición del Pentateuco, presenta otros libros
con tres versiones de la historia del pueblo: la historia deuteronomista, la
cronística y la historia de los Macabeos. En ellas predominan las fuentes de
tipo informativo, conseguidas en
archivos, o de otra procedencia. Su valor como historia es muy desigual, tanto
por la documentación disponible para cada etapa como por la intención
historiográfica de sus varios autores.
La
historia deuteronomista es la obra más importante de este género en el Antiguo
Testamento. Cubre la historia del pueblo bíblico desde que Josué lo introdujo
en su tierra hasta la pérdida de la misma. Son setecientos años de historia,
que van desde el siglo XIII hasta el VI a.C. Sus grandes momentos son: la
entrada y el asentamiento de las tribus en la tierra de Canaán (Josué); la
confederación de Israel (Jueces); la monarquía unida y los reinos paralelos de
Israel y Judá (1-2 Samuel; 1-2 Reyes).
El libro
del Deuteronomio perteneció quizá, en principio, a este conjunto; en todo caso,
le confirió su carácter literario y su temple ideológico. De ahí la
denominación de historia deuteronomista.
Comprende
los libros de Josué, Jueces, 1-2 Samuel y 1-2 Reyes que, en la tradición judía,
se llaman “profetas anteriores”. Se atribuye convencionalmente a profetas y
recoge recuerdos de profetas antiguos, que confieren a esta historia su talante
profético.
La
primera versión de esta historia data de la época del rey Josías. En ella se
enjuicia a los reyes según criterios de la reforma religiosa que llevó a cabo
este rey (622 a.C.). Una versión posterior contempla el pasado del pueblo, a la
luz del dato de su destrucción, y del episodio de la excarcelación del rey
Jeconías en su destierro de Babilonia (561 a.C.).
Las
partes redaccionales de la obra y particularmente los discursos en boca de sus
personajes expresan el pensamiento del autor y confieren unidad a aquélla.
Propósito de esta historia es: por un lado, mostrar la responsabilidad de los
reyes y demás instituciones en la ruina; primero del reino del Norte, Israel
(721) y, después, del reino del Sur, Judá (586) y, con ello, responder a la
pregunta de por qué fracasó tanta promesa. Por otro lado, y en conformidad con
el mensaje profético que tiene denuncia y anuncio, la historia quiere abrir
pequeñas ventanas de esperanza de un futuro mejor. A ello viene la solemne
promesa real-mesiánica vinculada a la dinastía de David (2 Sm 7) y, más
todavía, la infiltración, a lo largo de la historia, del llamamiento a la
conversión y a la esperanza, que volverán al pueblo a su ser, encontrando de
nuevo su camino.
La
historia cronística (1-2 Crónicas, Esdras y Nehemías) nos sitúa más adelante, a
principios del s.III a.C., entrada la época helenística. La obra se llama así
por los libros de las Crónicas. En la primera parte, cubre el mismo espacio de
tiempo que la historia deuteronomista. Artificialmente, se remonta hasta Adán,
aunque sólo por medio de listas que confeccionó a la luz del Pentateuco. Su
gran fuente es la historia deuteronomista, a la que a veces copia directamente
y, otras, amplía con datos propios. La segunda parte, con Esdras y Nehemías,
presenta la comunidad judía posexílica en el trance de hacerse. Sus fuentes son
documentos diplomáticos de archivo, listas de repatriados y, sobre todo, las
“memorias” de Esdras y Nehemías.
Lo
que interesa al cronista antes del destierro es la monarquía de David, que
idealiza y rodea de cierto aire mesiánico; al reino del Norte lo ignora. Lo que
precede a la monarquía se reduce a listas. En la segunda parte, abandona el
mesianismo y, se centra en demostrar que la comunidad judía de Jerusalén es la
auténtica continuadora del verdadero Israel.
La
historia de los macabeos cubre cuarenta años de vida de la comunidad judía en
el siglo II a.C. Su gran tema es la resistencia heroica del judaísmo ante el
avance avasallador del helenismo. La familia de los macabeos pone en pie a los
judíos no helenizados y los dirige contra la tiranía opresora de los
seléucidas, concretamente contra Antioco IV Epífanes, en defensa de la propia
identidad y de la independencia, primero religiosa y después política y
militar. Los dos libros son desiguales en cuanto a valor histórico y distintos
en intención. El primero interesa por la imagen de los héroes macabeos. El
segundo por la dimensión religiosa de la hazaña.
2. LA CONQUISTA DE LA TIERRA[1]
a)
Argumento
del libro.
Después de la muerte de Moisés,
Yahvé se apareció a Josué y le dio la orden de entrar en la tierra. Le prometió
su ayuda y le invitó a la fidelidad. Se procedió al envío de dos espías a la
ciudad de Jericó. Fueron salvados de caer en las manos del rey por una mujer
llamada Rahab. Regresaron al campamento con un mensaje optimista: “Dios ha
entregado la tierra en nuestras manos”.
Josué dio las órdenes oportunas para que el pueblo
comenzara a moverse desde la montaña hacia el oasis de Jericó. Cuando los
sacerdotes que llevaban el arca de la alianza metieron sus pies en el río
Jordán, las aguas se pararon. El pueblo avanzó hacia Guilgal, donde se puso el
campamento central durante todo el tiempo de la conquista. Se procedió entonces
a la circuncisión de todos los israelitas nacidos durante los años de la marcha
por el desierto. Se celebró la Pascua. El maná cesó.
Los hijos de Israel comenzaron a comer de los frutos
de la tierra. Jericó fue atacada, conquistada y consagrada al anatema; es
decir, a la destrucción total. Sólo Rahab y su familia fueron salvados. Los
israelitas se movieron hacia Ay y la conquistaron. Sus habitantes fueron
asesinados y la ciudad convertida en una ruina. Desde Ay avanzaron hasta la
región de Siquén. En el monte Ebal fueron ofrecidos sacrificios a Dios y fue
leída su ley al pueblo entero.
Por iniciativa del rey de Jerusalén, los reyes de
Hebrón, Yarmut, Lakís y Eglón se unieron para combatir contra los recién
llegados. Pero Israel los derrotó: los reyes del norte de Canaán se unieron
también para combatir contra Israel. Josué cayó sobre ellos de improviso y los
abatió hasta que no quedó ni uno vivo. Las ciudades fueron arrasadas, sus
habitantes asesinados. Josué se apoderó de todo el país (Jos 1-12).
Josué procedió a la repartición del
territorio. Las tribus de Rubén, Gad y la mitad de la tribu de Manasés ya se
habían instalado en Transjordania. La tribu de Leví no tuvo territorio. Su lote
y su heredad fue Dios. El territorio fue repartido, pues, entre nueve tribus y
media. Al sur se establecieron las tribus de Simeón y Judá; en el centro,
Benjamín, Dan, Efraín y la otra mitad de la tribu de Manasés; en el norte,
Isacar, Zabulón, Neftalí y Aser. Josué recibió, a título personal, la ciudad de
Timnat-Séraj (Jos 13-21).
Josué despidió a las tribus de
Transjordania. Bendijo a sus guerreros y los exhortó a que permanecieran
siempre fieles a la Ley del Señor. Finalmente, en una gran asamblea, celebrada
en la ciudad de Siquén, Josué recordó a los suyos todo lo que Dios había hecho en
su favor: elección y promesas, salida de Egipto, paso maravilloso del mar, guía
providencial en todo momento. Invitó a todo el pueblo a temer y a servir al
Señor y les propuso una elección definitiva. “Elegid hoy a quien queréis
adorar: si a los Dioses a quienes vuestros padres adoraron cuando vivíais más
allá del río, a los dioses de Canaán, en cuya tierra habitáis ahora, o a Yahvé.
Yo y mi casa seguiremos a Yahvé”. Y el pueblo entero respondió a una sola voz:
“A Yahvé, nuestro Dios adoraremos, a Él sólo seguiremos”. Josué hizo entonces
un pacto con todas las tribus y las despidió. Y después de estos
acontecimientos, a la edad de 110 años, Josué fue a reunirse con sus padres.
Israel sirvió a Yahvé durante todos los días de Josué (22-24). Con la conquista
de la tierra prometida comenzó una nueva etapa de la historia de Israel.
b) Composición del libro
El autor del libro de Josué se ha
inspirado en el estilo, la mentalidad y la teología del libro del Deuteronomio.
Podemos asegurar que el libro de
Josué no fue escrito en el momento en que ocurrieron los hechos, sino que todo
ese material fue transmitido durante siglos enteros de padres a hijos. Hoy se
admite generalmente que el libro de Josué fue redactado, por primera vez,
después del hallazgo del libro del Deuteronomio (622) y, definitivamente,
durante los años del destierro de la comunidad israelita en Babilonia
(587-539), mientras que los acontecimientos ocurrieron entre los años
1200-1180.
c)
Género literario
El libro de Josué plantea muchos
problemas a los especialistas y a todos los lectores. Es un libro bello, pero
extraño. Atrae y repele. Fascina y asusta. Asustan sus terribles matanzas,
fascina la fe en el Dios que conduce su historia.
Para entender este libro hay que
tener en cuenta el género especial utilizado por el autor sagrado. La visión de
la conquista es impresionante. Todo el país cayó en manos de los hijos de
Israel de una manera rápida y brutal; las ciudades fueron arrasadas, los
habitantes del país exterminados (Jos 1-12). Pero esa visión contrastada con
otros pasajes del mismo libro, “Queda todavía tierra por conquistar” (Jos
13,1-5; 17,12.16-18; Jue 1,1-35), nos hace pensar que la conquista fue un
proceso lento y gradual. Los hebreos eran o formaban al principio varios grupos
de oprimidos que tenían orígenes distintos (fugitivos de Egipto, trashumantes
arameos, agricultores sometidos de Canaán, etc…). Ellos se fueron vinculando,
con sus propias tradiciones e ideales religiosos, en la tierra palestina, hasta
formar una federación de hombres libres, capaces de hacer una gran revolución
social dentro de la tierra. Destronaron a los reyes de las ciudades cananeas
militarizadas, quitaron el poder a los oligarcas feudales y, de esa forma,
instauraron en la tierra un régimen nuevo, de tipo federativo: una alianza de
hombres liberados. La posesión de la tierra vino a conseguirse a través de una
revolución social.
La descripción de la conquista en el
libro de Josué está simplificada e idealizada. El libro de Josué no es un
relato histórico riguroso. El autor sagrado ni pudo, ni quiso, escribir una
historia pura. Los hechos fueron puestos al servicio de una enseñanza. Escribió
una historia religiosa: historia, porque se basa en hechos
reales y no inventados; religiosa,
porque es una historia de Dios más que de los hombres. El libro de Josué es una
epopeya de Yahvé, un canto a su fidelidad. Por eso no podemos pensar en un Dios
cruel, ni en un pueblo que entró en Canaán haciendo tabla rasa de todos los
habitantes del país. ¿Cómo sería posible que un pueblo que huye de la
esclavitud pueda formar un ejército
poderoso en poco tiempo?
d) Mensaje del libro
Todo el libro está lleno de la
presencia de Dios. La conquista de la tierra es considerada bajo una
perspectiva maravillosa. El paso del río Jordán
es comparado al paso del mar Rojo. Dios abrió los caminos de la tierra y
se la entregó a su pueblo. La renovación de la alianza en la asamblea de Siquén
situó a todo Israel bajo las alas de Dios. Él fue quien guió a su pueblo, quien
condujo sus batallas y quien le regaló la tierra. Al compromiso de Dios debía
responder el compromiso del pueblo: “Medita esa ley, ponla en el corazón, no te
apartes de ella, ni de día ni de noche, ni a derecha ni a izquierda” (Jos
1,6-9: 8,32-35;11,15). En la ley estaba marcado el camino de Dios. Esa era la
fuerza del pueblo, el arma que le hacía invencible. Hay que servir a Dios con
todo el corazón, con todo el alma, con todas las fuerzas.
El libro de Josué, compuesto durante
el destierro a Babilonia, incitaba a todos al retorno a Dios e iluminaba
aquellos días negros con una nota de esperanza. Ya no existía ni tierra ni
pueblo. Todo parecía terminado. “Nuestra esperanza es vana”, se decían unos a
otros. Pero aquel pueblo derrotado siguió esperando, contra toda esperanza, en
el cumplimiento de la promesa.
Este es el mensaje del libro de
Josué: Dios está siempre al lado de su pueblo cuando éste observa su ley y
cumple la alianza pactada. La caída de Jerusalén obedecía a una razón muy
sencilla: Dios había sido traicionado. Las desgracias de la hija de Sión tenían
su origen en esa historia de infidelidades y rebeldías. Si Israel quería
reanudar su pasado con Dios ya sabía lo que tenía que hacer: volver sus ojos
hacia Él.
3. LA INSTALACIÓN EN LA TIERRA: LIBRO DE LOS JUECES
Leemos Jueces 2, 11-19. Es el resumen de la
conquista.
Baal quiere
decir: “dueño mío te pertenezco”.
“Entonces se encendió la ira de
Yahvé contra Israel” (2,14). Dios no puede permanecer neutral cuando nos
hacemos daño; se enoja. Dios no tolera la idolatría. Se nos muestra como un
castigo de Dios. Pero, si te comiste un plato fuerte, es normal que te duela la
barriga. Tenemos que arrastrar las consecuencias de nuestras acciones.
Los jueces eran sabios, ancianos con
experiencia de la vida que podían dirimir conflictos normales del pueblo. Si
hacemos un recorrido por el libro de los jueces y nos fijamos en quiénes
fueron, vemos que Dios usa de la debilidad humana para liberar al pueblo.
El versículo 19 es nuestra propia
historia: “Pero cuando moría el juez, volvían a corromperse más todavía que sus
padres, yéndose tras de otros dioses…”. En resumen, teológicamente, el pueblo
no quería ser de Dios, prefería a sus ídolos. Se produce la independencia de
cada pequeña ciudad, con sus propios cultos.
El lugar que Dios le ha preparado al
pueblo, comporta otros riesgos. La promesa se va realizando, pero con otros
riesgos, como la idolatría. Hay dependencia, no hay amor, no hay libertad,
porque no somos maduros.
La toma de la tierra es un don. En
algún momento de tu vida, Dios te anunció una tierra prometida, Dios te la puso
en el corazón; en algún momento, entramos en esa tierra prometida: relaciones
interpersonales, profesionales, trabajo creativo, libertad individual,
solidaridad. La conquista de la tierra es la conquista de la libertad personal
y social. Antes eran seminómadas, ahora son sedentarios, viven en tribus.
Las etapas de la vida no se agotan,
se reciclan desde dentro.
La finalidad de los libros
históricos es hacernos ver que el pueblo está siendo castigado porque se alejó
de Dios, por eso no hay esperanza.
Tenemos
cuatro pilares: la promesa de Dios, la infidelidad del pueblo, el castigo y la
esperanza si te conviertes (esperanza y conversión). Durante siete siglos, Dios
ha actuado con estos cuatro puntos cardinales.